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OpenAI y el juego de la especulación

Erick Olivera Méndez

En apenas una década, OpenAI ha pasado de ser un laboratorio con aspiraciones académicas a convertirse en la compañía privada más codiciada del planeta. Hoy se habla de una valoración cercana a los 500,000 millones de dólares, una cifra que la colocaría por encima de SpaceX, Bytedance e incluso de tecnológicas ya cotizadas como Palantir. El dato nos lleva a la pregunta de si estamos frente a un valor real o ante un espejismo de mercado.

La operación que sostiene esta cifra tiene dos componentes. Por un lado, una ronda de inversión liderada por SoftBank que fija a OpenAI en 300,000 millones de dólares y que aún no está cerrada. Por otro, una venta secundaria de acciones de empleados que eleva el valor hasta el medio billón. Este matiz es importante porque el grueso de los inversionistas ya no tiene acceso a acciones “baratas”, lo que desata una competencia feroz por títulos más caros y alimenta la sensación de burbuja.

Lo innegable es que OpenAI atraviesa un momento de esplendor, pues ChatGPT atrae a 700 millones de usuarios semanales, aunque solo un 10 por ciento paga. Aun así la firma proyecta ingresos de 12,000 millones de dólares en 2025, más del doble de lo previsto al inicio del año. A ello se suman más de 5 millones de empresas que ya utilizan sus modelos para procesos internos, con la posibilidad de abrir nuevas vías de monetización a través de publicidad.

Pero la verdadera gasolina de esta valorización no son los balances, sino la historia que se cuenta alrededor de la empresa. OpenAI se percibe como la siguiente gran plataforma tecnológica, con el potencial de transformar la manera en que consumimos información, trabajamos y hasta pensamos. Los inversionistas parten de un valor de la empresa que ya ronda los 500,000 millones de dólares, pero le apuestan a que esta cifra se incrementará en los próximos años

El contexto general también empuja este fenómeno, pues dos tercios del capital de riesgo captado en 2025 habría ido a parar a startups de inteligencia artificial. Los nombres son variados, desde Scale AI hasta Thinking Machines Lab, pero la lógica es la misma, y se relaciona con una avalancha de capital persiguiendo a los actores más prometedores, con un paralelismo inevitable a la burbuja puntocom.

Sam Altman, CEO de OpenAI, reconoce que existe la posibilidad de un exceso de expectativas, aunque insiste en que toda burbuja nace de un núcleo de verdad. Y en este caso, esa verdad es la inteligencia artificial, la tecnología más disruptiva desde la llegada de internet.

En última instancia, el valor de OpenAI no se cifra únicamente en dólares, es un reflejo de las esperanzas, miedos y apuestas que se están depositando en la IA. El tiempo dirá si este medio billón es una inversión visionaria o una lección más de exuberancia irracional.