
Erick Olivera Méndez
El acuerdo comercial entre la Unión Europea e India no es solo una victoria diplomática tras veinte años de negociaciones fallidas, sino un movimiento de poder geopolítico y económico. En medio de la rivalidad entre Estados Unidos y China, y de una guerra arancelaria que ha puesto en jaque a las cadenas globales de suministro, Bruselas y Nueva Delhi han optado por blindarse mutuamente con el pragmatismo del libre comercio.
La creación de una zona de libre comercio que agrupa a dos mil millones de personas y cerca del 25 por ciento del PIB mundial tiene evidentemente una lectura estratégica. Diversificar riesgos y reducir dependencias. Para Europa, India aparece como una alternativa necesaria frente a la sobreexposición a China, tanto como mercado como proveedor. Para India, la UE representa un socio estable, tecnológicamente avanzado y menos imprevisible que Washington.
No es casual que Ursula von der Leyen haya descrito este pacto como la madre de todos los acuerdos. La magnitud económica es incuestionable. La reducción drástica de aranceles (automóviles del 110 al 10 por ciento, vinos del 150 al 20 por ciento, y la eliminación total en productos como chocolate o pasta), abre un mercado históricamente protegido y promete ahorros multimillonarios para las empresas europeas. A cambio, India asegura mejores condiciones para sus sectores exportadores tradicionales y una cuota de acero sin aranceles que refuerza su músculo industrial.
Pero el acuerdo también refleja los límites políticos del libre comercio. La exclusión de productos agrícolas sensibles como el arroz, el azúcar o la carne de res muestra que Europa sigue siendo rehén de sus propias tensiones internas. La experiencia con Mercosur, empantanada en tribunales y protestas agrícolas, pesa como advertencia. Bruselas ha preferido un acuerdo ambicioso, pero quirúrgico, antes que uno políticamente explosivo.
Desde la perspectiva india, el pacto llega en un momento clave. Con un crecimiento superior al 8 por ciento y la posibilidad de convertirse en la cuarta economía mundial este mismo año, Nueva Delhi necesita inversión, tecnología y empleo a gran escala. Europa puede ofrecer justo eso, capital y acceso a cadenas de valor avanzadas, especialmente en sectores como la aeronáutica, los servicios y la industria verde.
Más allá de los números, este acuerdo destaca en un mundo de bloques en donde las democracias buscan alianzas para no quedar atrapadas entre gigantes. El complemento de este pacto, la cooperación en movilidad laboral, educación, seguridad y defensa, refuerza la idea de una relación estratégica de largo plazo.
Si Europa e India logran traducir este acuerdo en crecimiento inclusivo y reglas claras, habrán demostrado que el libre comercio aún puede ser una herramienta de estabilidad en tiempos de incertidumbre. Si fracasan, será otra prueba de que los grandes anuncios no siempre se convierten en realidades tangibles.