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Trump sube la apuesta contra China y Rusia

Erick Olivera Méndez

Donald Trump volvió a subir la apuesta en su cruzada geopolítica y propuso detener la compra de petróleo ruso por parte de la OTAN e imponer aranceles de hasta 100 por ciento a China por financiar, indirectamente, la guerra en Ucrania. La fórmula, lanzada en su red social, pretende ahogar los ingresos energéticos de Moscú y forzar a Pekín a abandonar a su socio estratégico.

Trump insiste en que podría terminar la guerra en Ucrania rápidamente, pero hasta ahora no ha presentado un plan concreto más allá de gestos mediáticos y mensajes de fuerza. Su propuesta ignora las complejidades económicas de la dependencia energética de países como Turquía, Hungría o Eslovaquia, miembros de la OTAN que continúan comprando crudo ruso no por simpatía hacia Putin, sino por necesidad.

Gravar a China con aranceles del 50 al 100 por ciento significaría abrir otro frente en la guerra comercial que ya marcó su primera presidencia. El razonamiento de Trump en el sentido de que los aranceles romperían el dominio de China sobre Rusia parece más un eslogan que una estrategia viable. En los hechos, China ha diversificado sus alianzas y se ha convertido en un socio económico demasiado grande para que Occidente pueda sancionar sin consecuencias globales, desde inflación hasta crisis en las cadenas de suministro.

Lo más revelador del planteamiento de Trump es a quién no señala. En su lógica, los responsables de la guerra son Joe Biden y Volodymyr Zelensky, pero no Vladimir Putin, el hombre que ordenó la invasión. Esa omisión no es casual y confirma la cautela, o incluso la simpatía, que el republicano ha mostrado hacia el líder ruso en contraste con su dureza verbal hacia los aliados de la OTAN y hacia China.

Trump tampoco concede importancia a los movimientos militares recientes, como el ingreso de drones rusos en el espacio aéreo polaco. Minimizar incidentes de esta magnitud, bajo el argumento de que podrían haber sido un error, transmite un mensaje ambiguo de tolerancia a Moscú, lo cual debilita el frente occidental que él dice querer reforzar.

La apuesta de Trump, en última instancia, no es tanto terminar la guerra en Ucrania como reconfigurar la geopolítica en términos que favorezcan a Estados Unidos. Su discurso está diseñado para mostrar dureza hacia China y desprecio hacia la OTAN, mientras evita confrontar directamente a Putin. El resultado es una política de alto riesgo que no necesariamente resuelve los problemas globales y qué sin duda los podría agravar.