
Erick Olivera Méndez
Grupo Carso, el conglomerado encabezado por el empresario Carlos Slim, ha dado un paso estratégico que reconfigura su papel en la industria energética mexicana. La firma de un contrato con Petróleos Mexicanos para perforar hasta 32 pozos en el campo Ixachi, por un monto de casi 2 mil millones de dólares, no solo representa una inversión de gran calado financiero, sino también un posicionamiento político y empresarial en torno a los combustibles fósiles.
El acuerdo es relevante, entre otras razones, por el mecanismo mixto que combina inversión privada con pagos condicionados a resultados. Carso asume el financiamiento inicial y Pemex comenzará a liquidar la perforación hasta 2027, con 21 pagos mensuales por cada pozo. Esta fórmula, que retrasa la carga presupuestal para la petrolera estatal, refleja la urgencia de incrementar la producción sin comprometer de inmediato las finanzas públicas, en un contexto de fuerte presión fiscal y de deuda de la empresa productiva del Estado.
Con una producción actual de 93 mil barriles diarios de aceite y 715 millones de pies cúbicos de gas, se trata de uno de los yacimientos terrestres más importantes del país. El potencial de este campo explica por qué Carso decide redoblar su presencia en un sector donde ya tiene experiencia: sus subsidiarias han perforado pozos en Ixachi y Quesqui, y cuentan con equipos de alta tecnología tanto en tierra como en aguas someras y profundas.
El acuerdo cuenta con que Pemex pueda cumplir puntualmente sus compromisos financieros. La empresa arrastra pasivos multimillonarios y enfrenta un horizonte complicado de vencimientos de deuda, un hecho que Carso ya ha experimentado en otros contratos con la petrolera.
Con todo, la jugada tiene lógica empresarial. En un país donde los márgenes de rentabilidad en otros sectores se han comprimido, el petróleo sigue siendo un negocio atractivo, especialmente en campos de alta productividad como Ixachi. Slim no solo busca diversificar el portafolio de Carso, sino también consolidar su influencia en un sector estratégico para México.
La gran incógnita es si esta apuesta será visionaria o riesgosa. Si los precios del crudo se mantienen altos y Pemex logra estabilizar sus finanzas, Carso habrá garantizado un flujo robusto de ingresos y un lugar privilegiado en el futuro energético nacional. Pero si la transición energética global se acelera y Pemex continúa su espiral de deuda, la inversión podría convertirse en un lastre.
En cualquier caso, lo que queda claro es que Carlos Slim no solo apuesta por la conectividad y la infraestructura, también sigue apostando por el petróleo, en una jugada que mezcla paciencia financiera, confianza en el Estado y la convicción de que el hidrocarburo es un activo imprescindible.