
Erick Olivera Méndez
La visita de Vladimir Putin a Nueva Delhi y su encuentro con el primer ministro Narendra Modi confirman lo que muchos en Occidente preferirían no admitir, que la alianza entre Rusia e India no sólo se mantiene firme, sino que se expande con una lógica profundamente pragmática. En tiempos de fragmentación geopolítica y competencia entre bloques, Moscú y Nueva Delhi apuestan por una relación que resista a la presión externa.
El nuevo programa de cooperación económica que se vislumbra hasta 2030, con el ambicioso objetivo de elevar el comercio bilateral a 100 mil millones de dólares, es la pieza central de esta estrategia. Hoy el intercambio asciende a 68 mil 700 millones de dólares, impulsado en gran parte por las compras indias de petróleo ruso con descuento. La meta para 2030 implica no sólo crecer, sino corregir una balanza comercial claramente inclinada hacia Moscú. Para India, lograrlo es crítico. Una potencia emergente no puede sostener indefinidamente déficits tan pronunciados con un socio clave.
Pero la alianza va mucho más allá de los números. La energía es el corazón del vínculo, y Putin lo subrayó. Rusia seguirá siendo un proveedor confiable para el crecimiento indio, especialmente en un contexto en el que Nueva Delhi necesita energía abundante y barata para sostener su expansión económica. La cooperación nuclear civil, la exploración de energías limpias, la construcción naval y la movilidad laboral dan cuenta de una relación multidimensional que no se limita al intercambio de hidrocarburos.
En lo geopolítico, el mensaje es aún más potente. India busca tener un pie en cada tablero sin pertenecer enteramente a ninguno. Mientras Estados Unidos y la Unión Europea intentan atraerla con acuerdos comerciales y cooperación tecnológica, Modi no está dispuesto a renunciar a un aliado histórico que le ha provisto armamento, petróleo y soporte diplomático durante décadas. La afirmación de Putin de que ambos países mantienen una relación de mucha confianza en materia técnico-militar no es casual. India sigue dependiendo en gran medida del equipamiento ruso, incluso mientras diversifica su arsenal con proveedores occidentales.
Esta apuesta tiene costos, pues las presiones de Washington son reales y crecientes. La elevación de aranceles por parte del presidente Donald Trump, justificándola por las compras de petróleo ruso, es una advertencia de que el estrechamiento con Moscú puede complicar el acceso indio a mercados estratégicos. Para una economía que necesita exportar más de lo que compra, tensar demasiado la cuerda con Occidente sería imprudente.
Pero Nueva Delhi parece convencida de que equilibrar sin romper es posible. La pronta conclusión de un tratado de libre comercio con la Unión Económica Euroasiática y la decisión de otorgar visas electrónicas gratuitas a turistas rusos envían una señal inequívoca de que la India no cederá su autonomía estratégica. India y Rusia, pues, reivindican una relación construida no sobre ideologías, sino sobre intereses mutuos, intereses que por ahora siguen alineados.