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China y la nueva geopolítica climática

Erick Olivera Méndez

En un mundo donde la crisis climática se ha vuelto el nuevo campo de disputa por el poder, China emerge como un actor decisivo. Su estabilización reciente de emisiones de dióxido de carbono se ha convertido en un logro inesperado. Pero más allá del dato técnico, el fenómeno encierra un cambio de fondo, y la transición energética se convierte en el nuevo eje de la geopolítica global donde Pekín está trazando el rumbo.

De acuerdo con el Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio, durante el tercer trimestre de 2025 China mantuvo sus emisiones planas o en ligero descenso, impulsada por una expansión récord de energías limpias. En los primeros nueve meses del año añadió 240 gigavatios (GW) de capacidad solar y 61 GW eólicos, cifras que superan la suma de lo instalado por el resto del mundo. Gracias a ello, casi el 90 por ciento del aumento en la demanda eléctrica fue cubierto por fuentes no fósiles, un logro impensable hace apenas cinco años.

La estrategia energética china combina planificación estatal, innovación tecnológica e incentivos de mercado. Su nueva ley de energía, en vigor desde 2025, obliga a establecer cuotas mínimas de consumo de energías verdes y prioriza el hidrógeno y las renovables. Además, la reforma del mercado eléctrico eliminó tarifas reguladas y permitió que toda la energía solar y eólica se comercialice mediante precios de mercado, abriendo un espacio para la inversión privada. En la práctica, China está construyendo un modelo híbrido de una economía de mercado verde dirigida desde el Estado.

Este viraje también responde a razones geopolíticas. China depende de las importaciones de petróleo y gas —en 2019, el 67 por ciento del crudo que utilizaba provenía del extranjero—, lo que la hace vulnerable a tensiones internacionales y sanciones. Diversificar su matriz energética no solo es una apuesta ambiental, sino una estrategia de seguridad nacional.

El país no solo está descarbonizando su economía interna, también está exportando su modelo. Según el Net Zero Policy Lab, tres cuartas partes de las inversiones chinas en energías verdes, más de 225 mil millones de dólares desde 2011, se han dirigido a naciones del Sur global. Así, China se posiciona como el principal financiador de infraestructura sostenible en África, Asia y América Latina.

La transición energética, que hace una década era vista como una carga económica, hoy se ha transformado en una oportunidad estratégica. Los paneles solares chinos dominan el mercado mundial y sus precios han hecho accesible la energía limpia incluso en países con bajos ingresos. Pekín ha comprendido algo que muchos gobiernos occidentales parecen olvidar, que quien controle las tecnologías de la descarbonización controlará el futuro.

En un momento en que las potencias tradicionales se replegan, el gigante asiático está llenando el vacío con una visión pragmática que combinar crecimiento económico con sostenibilidad. La geopolítica del siglo XXI ya no se decidirá en los campos de batalla ni en los mercados financieros, sino en la capacidad de transformar la energía que mueve al planeta. Y, por ahora, China va un paso adelante.