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Donald Trump en la ONU

Erick Olivera Méndez

El discurso de Donald Trump ante la Asamblea General de Naciones Unidas fue, sin matices, una radiografía del trumpismo en su forma más cruda. Nacionalismo, desdén por el multilateralismo y un tono desafiante que no buscó convencer, sino reafirmar. Frente a los líderes del mundo, el presidente estadounidense se presentó como juez y parte de un orden internacional que, en su visión, está en decadencia y solo puede salvarse bajo la guía de Estados Unidos.

Desde el inicio, Trump estableció el tono a través de un auto elogio de su propia gestión y a la supuesta edad de oro que vive su país gracias a él. Reiteró que había “terminado siete guerras” y que merecía el Nobel de la Paz.

Su siguiente objetivo fue la propia ONU, a la que acusó de ser poco más que una máquina de burocracia que redacta cartas sin consecuencias. El ataque no fue nuevo, pero sí frontal. Trump cuestionó la utilidad de una organización que, paradójicamente, Estados Unidos contribuyó a fundar y que hoy sobrevive con un financiamiento reducido en buena parte por decisión de su administración.

Un punto importante de su mensaje estuvo dirigido a Europa, a la que acusó de haberse dejado “invadir” por inmigrantes y de estar condenándose con su apuesta por la energía verde. Con frases cargadas de dramatismo —“será la muerte de Europa occidental”, “un monstruo de dos cabezas”—, Trump combinó dos de sus banderas políticas más reconocibles: la lucha contra la migración y el rechazo al cambio climático como desafío global. Llamar al cambio climático “la mayor estafa jamás perpetrada” fue una provocación y el recordatorio de que concibe al mundo como un tablero donde las políticas de transición energética no son un esfuerzo por la supervivencia del planeta, sino una trampa económica contra los países occidentales.

En materia de religión, volvió a presentarse como defensor de un cristianismo amenazado, reafirmando su narrativa cultural y civilizatoria frente a lo que percibe como un mundo hostil a esos valores. Este énfasis no es casual, pues conecta con la base ideológica que lo sostiene y con un electorado que se siente marginado en un entorno global diverso y multicultural.

Sobre Ucrania y Rusia, Trump mantuvo un tono ambiguo. Por un lado, describió a Rusia como un “tigre de papel”, minimizando su poder militar. Por otro, insistió en que la Unión Europea y la OTAN deberían cargar con el peso del conflicto, dejando entrever que Washington no debería comprometerse más allá de lo necesario.

El paso de Donald Trump por la ONU no ofreció soluciones, sino una reafirmación ideológica de que Estados Unidos debe ir primero en sus relaciones con el mundo. El silencio de los líderes globales en la asamblea, que años atrás respondían con desdén, sugiere que el trumpismo ya no sorprende, sino que se ha normalizado en el debate internacional.